jueves, 10 de septiembre de 2009

Relato # 2. El mar

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El mar era su amigo. Su más íntimo amigo. Siempre deseó aquello. Perderse en el mar. Morir en él. Sentir el cambio de las mareas, la fuerza del agua sobre su cuerpo, la estática a su alrededor cuando la tormenta se acercaba. El viento fuerte sobre la superficie. El sol quemando. Rojo. El mar caliente. Frío y negro en la noche. La profundidad, el miedo más intenso que jamás hubiese experimentado. Aquella negrura infinita extendida bajo él, ocultando todos sus mayores temores, sus mayores preguntas. ¿Su futuro?

Lloraba a veces mirando las estrellas. Por fin podía ver las estrellas. Aquello le angustiaba más que ninguna otra cosa. Nunca comprendería ni la más mínima parte de lo que ocultaban en su lejanía, en su longevidad, en su fuerza. El brillo de los astros que desde siempre le habían deslumbrado y henchido de curiosidad, de deseo de seguir, de ir, de navegar e intentar, al menos, poderlas disfrutar desde su minúsculo e inservible conocimiento estelar.

El más que ansiado silencio. El rumor inacabable. El constante crujir de la barca. Ese balanceo mudo y mareante que ocupaba el aburrimiento y la expectación. Una espera que se alargaba más de lo previsto. Un final que no llegaba cuando tenía que haberlo hecho tiempo atrás. La muerte. ¿Qué más le quedaba? Absolutamente nada. Ya había hecho todo. Todo no. Todo lo necesario. Algún que otro capricho. Aquel último deseo. La desgracia en su mundo. La alegría en su rostro. El júbilo en su alma.

Siempre deseó ser incinerado y echado al mar. Alguna que otra vez bromeó con la idea de que arrojaran su cuerpo a los peces. Lo había tenido claro desde el principio y así lo había defendido en todo momento. No ser enterrado. El agobio del espacio cerrado. De despertar bajo tierra y esperar allí la obligada muerte y el descanso eterno entre las cuatro maderas. Los gusanos. La presión.

Prefiero el mar, pensó. El mar. El mar. ¡Que me lleven las aguas! Que la marea destroce mi cuerpo sin vida contra las rocas una vez haya muerto, que me coman los peces. Desaparecer con la llegada del sol. ¿Cuál será mi último día? La catarsis de una serie de estúpidos momentos a los que muchos llaman vida. Momentos irrepetibles, efímeros trozos de tiempo repletos de recuerdos vergonzosos. Eso fue mi vida, pensó. Gritó. ¡Que se acabe!

Un relámpago anunció el sonido del trueno, que llegó y le contó al viejo que la tormenta estaba cerca. El viejo sonrió.

Atentamente,
El Juez Williams

Relato # 1. El caminante nocturno

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El caminante nocturno llevaba cinco años recorriendo las mismas calles de la ciudad en un bucle constante de monotonía y maníaca puntualidad. El caminante nocturno era un hombre respetable, un hombre mayor, hecho a la vida desde muchísimos años atrás. El caminante nocturno salía todos los sábados y domingos de su bonita casa, situada en un bonito y silencioso barrio en la zona rica de la ciudad, a la misma hora, la una de la madrugada, y se dirigía, con paso tranquilo y controlado, al centro.

Andaba en silencio, mirando a su alrededor, oliendo el silencio de algunas calles, respirando la tranquilidad de la vida a esas horas, así como el peligro que también le suponía a uno andar a solas por algunos de los más oscuros callejones. Pero el caminante nocturno no se paraba, no se giraba, nunca daba marcha atrás y se alejaba, saliéndose de su ruta, de su camino habitual.

El caminante nocturno recorría las calles sumido en pensamientos pero más que atento a lo que pasaba, analizaba situaciones, miraba a la gente, y siempre sonreía, una tímida sonrisa acompañada con los ojos y todas las arrugas de la cara.

El caminante nocturno cogía dirección al parque y se internaba en él con el corazón palpitándole, ansioso. El aire comenzaba a faltarle, las pupilas se le dilataban y adecuaban a la oscuridad frondosa, sus pasos se ralentizaban y los giros con la cabeza aumentaban.

El caminante nocturno siempre salía con un bonito gorro de piel que se calaba en su blanca cabeza y con él ocultaba parcialmente su rostro. El caminante nocturno llevaba en los bolsillos de su bonito traje un pañuelo, las llaves de su casa, una cartera de piel con apenas un par de billetes, y sin identificación alguna, y unos pequeños prismáticos que le habían costado una cantidad considerable.

El caminante nocturno gustaba de mezclarse con la flora que le rodeaba, internarse entre los matorrales, salirse de los caminos señalizados y buscar. Miraba en todas direcciones y cuidaba de ser sumamente silencioso. El caminante nocturno se había convertido en un especialista cuando se trataba de pasar desapercibido, de ocultarse y desaparecer. El caminante nocturno era una sombra en la noche, una imagen fugaz. El caminante nocturno no era más que un viejo voyeur.


Atentamente,
El Juez Williams.