El mar era su amigo. Su más íntimo amigo. Siempre deseó aquello. Perderse en el mar. Morir en él. Sentir el cambio de las mareas, la fuerza del agua sobre su cuerpo, la estática a su alrededor cuando la tormenta se acercaba. El viento fuerte sobre la superficie. El sol quemando. Rojo. El mar caliente. Frío y negro en la noche. La profundidad, el miedo más intenso que jamás hubiese experimentado. Aquella negrura infinita extendida bajo él, ocultando todos sus mayores temores, sus mayores preguntas. ¿Su futuro?
Lloraba a veces mirando las estrellas. Por fin podía ver las estrellas. Aquello le angustiaba más que ninguna otra cosa. Nunca comprendería ni la más mínima parte de lo que ocultaban en su lejanía, en su longevidad, en su fuerza. El brillo de los astros que desde siempre le habían deslumbrado y henchido de curiosidad, de deseo de seguir, de ir, de navegar e intentar, al menos, poderlas disfrutar desde su minúsculo e inservible conocimiento estelar.
El más que ansiado silencio. El rumor inacabable. El constante crujir de la barca. Ese balanceo mudo y mareante que ocupaba el aburrimiento y la expectación. Una espera que se alargaba más de lo previsto. Un final que no llegaba cuando tenía que haberlo hecho tiempo atrás. La muerte. ¿Qué más le quedaba? Absolutamente nada. Ya había hecho todo. Todo no. Todo lo necesario. Algún que otro capricho. Aquel último deseo. La desgracia en su mundo. La alegría en su rostro. El júbilo en su alma.
Siempre deseó ser incinerado y echado al mar. Alguna que otra vez bromeó con la idea de que arrojaran su cuerpo a los peces. Lo había tenido claro desde el principio y así lo había defendido en todo momento. No ser enterrado. El agobio del espacio cerrado. De despertar bajo tierra y esperar allí la obligada muerte y el descanso eterno entre las cuatro maderas. Los gusanos. La presión.
Prefiero el mar, pensó. El mar. El mar. ¡Que me lleven las aguas! Que la marea destroce mi cuerpo sin vida contra las rocas una vez haya muerto, que me coman los peces. Desaparecer con la llegada del sol. ¿Cuál será mi último día? La catarsis de una serie de estúpidos momentos a los que muchos llaman vida. Momentos irrepetibles, efímeros trozos de tiempo repletos de recuerdos vergonzosos. Eso fue mi vida, pensó. Gritó. ¡Que se acabe!
Un relámpago anunció el sonido del trueno, que llegó y le contó al viejo que la tormenta estaba cerca. El viejo sonrió.
Lloraba a veces mirando las estrellas. Por fin podía ver las estrellas. Aquello le angustiaba más que ninguna otra cosa. Nunca comprendería ni la más mínima parte de lo que ocultaban en su lejanía, en su longevidad, en su fuerza. El brillo de los astros que desde siempre le habían deslumbrado y henchido de curiosidad, de deseo de seguir, de ir, de navegar e intentar, al menos, poderlas disfrutar desde su minúsculo e inservible conocimiento estelar.
El más que ansiado silencio. El rumor inacabable. El constante crujir de la barca. Ese balanceo mudo y mareante que ocupaba el aburrimiento y la expectación. Una espera que se alargaba más de lo previsto. Un final que no llegaba cuando tenía que haberlo hecho tiempo atrás. La muerte. ¿Qué más le quedaba? Absolutamente nada. Ya había hecho todo. Todo no. Todo lo necesario. Algún que otro capricho. Aquel último deseo. La desgracia en su mundo. La alegría en su rostro. El júbilo en su alma.
Siempre deseó ser incinerado y echado al mar. Alguna que otra vez bromeó con la idea de que arrojaran su cuerpo a los peces. Lo había tenido claro desde el principio y así lo había defendido en todo momento. No ser enterrado. El agobio del espacio cerrado. De despertar bajo tierra y esperar allí la obligada muerte y el descanso eterno entre las cuatro maderas. Los gusanos. La presión.
Prefiero el mar, pensó. El mar. El mar. ¡Que me lleven las aguas! Que la marea destroce mi cuerpo sin vida contra las rocas una vez haya muerto, que me coman los peces. Desaparecer con la llegada del sol. ¿Cuál será mi último día? La catarsis de una serie de estúpidos momentos a los que muchos llaman vida. Momentos irrepetibles, efímeros trozos de tiempo repletos de recuerdos vergonzosos. Eso fue mi vida, pensó. Gritó. ¡Que se acabe!
Un relámpago anunció el sonido del trueno, que llegó y le contó al viejo que la tormenta estaba cerca. El viejo sonrió.
Atentamente,
El Juez Williams
El Juez Williams
